Hoy he ido al cine a ver la última peli de
superhéroes que ha salido y madre mía, que peliculón.
Dos horas y pico de una absolutamente trepidante
odisea de acción y efectos especiales
que inundan los sentidos hasta que uno no puede hacer otra cosa que mirar la
pantalla extasiado intentando, como mucho, no babear demasiado.
Por supuesto, al salir del cine lo hago con los
huevos hinchados de tanta adrenalina y heroicidad concentrada y sabiendo que,
al igual que los protas de la peli, yo también soy, no solo especial, si no que
el puto amo. Hasta me permito guiñarle el ojo a una tía buenorra a la salida,
sabiendo que sus consecutivas arcadas solo intentan refrenar los impulsos
animales que le producen mi atractivo.
Entonces, un tipo de pinta poco amigable me para y
me pregunta de forma brusca si tengo un euro para el metro.
Dos segundos es lo que tardamos mi testosterona en
salírseme por el pantalón en forma de meado y yo en ofrecerle hasta la
pelusilla que llevo en el fondo de la cartera.
El tipo, un poco aturdido me mira y me dice:
-Em… gracias tío, pero de verdad que con un euro
me arreglo.-
Me devuelve es dinero sobrante y se marcha camino
del metro con mi dignidad de la mano.
Afortunadamente me queda la justa para fingir que
no oigo las risitas de la gente a mi alrededor.